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En la prehistoria, el inicio a las actividades productivas, dio paso al hábito de intercambiar productos. Ésta fue la primera forma que el ser humano encontró para suplir sus necesidades básicas: El trueque: que consistía en intercambiar una mercancía por otra, dependiendo su utilidad. Era una forma de intercambio efectiva, ya que se intercambiaban pocos productos.
El trueque se mantuvo por mucho tiempo, aún en sociedades sedentarias: un jarrón de vino por una bolsita de trigo, pieles de abrigo por un arma de caza, lana de oveja por pescados.
Con el tiempo se abandonó el trueque, pues al adquirir nuevos bienes de consumo, y observar el crecimiento de las actividades comerciales, quedó demostrado que este sistema era poco práctico. De esta forma llegó la moneda natural, y se descartó este tipo de actividades para llevar a cabo una negociación, que conlleve dinero de por medio. Pero creo que aún eso no termina. A veces damos amor, por dinero, trabajo por un sueldo, sueños por esperanzas, y así sucesivamente. Nos dedicamos a intercambiar nuestros sueños, por migajas de realidades.
Y me pregunto. ¿Por qué cambiamos los sueños? Para qué arriesgar lo único que nos pertenece según la ley de la vida. Creo que hoy, es lo único por lo que no tenemos que pagar impuestos. Aunque tarden en llegar, aunque nos tomemos tiempo para lograrlos, no debemos dejarlos en medio del camino, como si nunca lo hubiésemos concebido. Es nuestra verdadera propiedad. Es lo único realmente nuestro.
El trueque hoy por hoy existe. Y por ello no me sorprendí cuando en la cafetería de la oficina, uno de los muchachos se acercó al mostrador con una ración de aguacate, y regresó con una porción de habichuelas!!!!.


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