Diario

Devuélvame mi hábito

<<Cuando al hablar te juegas la vida, todo es silencio>> Manuel Rivas


Fotografía de Cindy Sherman

El padre me mira extraño desde aquella noche que lo escuché queriéndose solo.

Quien me manda a pasar por la sacristía a buscar la dichosa sotana para mi hermano Carlos. ¡Tan tarde!

Yo escuchaba ese gemido y llegué a creer que estaba pecando con el pensamiento-hasta que miré al padre gozándose-y yo doliéndome por dentro.

No porque también deseara; sino porque va contra las leyes de Dios.

¡Curas sinvergüenzas! Si, esos mismos-¡primeros pecadores!

Hablan de que los jóvenes son calenturientos, pero ¿y ellos?

Maritza, una pelirroja, – Catoliquísima-que vivía en la misma calle que mi padrastro. Justamente al lado del manicomio. Ella me dijo que había que contar con los dedos de la mano derecha, los sacerdotes realmente aferrados a la santidad. Y ella que no solo se hacía llamar católica-apostólica y romana; sino también: de fiar y muy de Dios-decía ella.

Conocía todo cuanto pasaba en el barrio Duarte y como su hijo era monaguillo en la Iglesia Santa María Reyna; estaba al tanto de los secretos de la iglesia.

Cuando la hija de Flavia -la ricachona-, que privaba en fruta fina y no era ni paja de coco-, salió embarazada -Maritza ya sabía cuántos días tenía.

Asimismo sucedió cuando pasó lo de Heriberto. Cayó preso por estar robándole una cadenita al hijo del diputado del barrio – ella conocía hasta los quilates.

Por eso fui donde ella a contarle lo del padre. ¡Ese atrevido! Tanto que habla sobre los deseos de la carne.  Aproveché un descuido de los sacerdotes y salí corriendo. Sentía que todos en la calle me miraban y que sabían de lo que fui testigo.

–        Deja de mirar para fuera y cuenta rápido. ¿qué fue lo que viste?

–        Mire, no levante la voz que se me encoge la lengua. A Carlos se le quedó la sotana en la sacristía y como le tocaba darle clases a los muchachos del Seminario la necesitaba. Yo de presentá le dije que iría.

–        Aja, sigue- que ya me has dicho eso 3 veces y no pasas de ahí.

Ella me miraba extraño. No sé si era porque no creía la historia o porque mi cara tenía una expresión desesperada. Había corrido hasta allá y la lengua se me salía.

–        Mire Maritza, cuando iba caminando por ese pasillo largo que va camino a la sacristía- vi la puerta del cuartito pequeño entreabierta. La empujé suavecito y adivine que vi.

–         ¿Qué fue lo que viste mujer?, me tienes nerviosa.

–        Ehh eh yo vi…. Vi…

Sentí unas manos que me agarraban y en se instante Maritza se desapareció.

Mírala ahí- dijo una voz ronca- detrás de mí, mientras me asía del brazo.

Yo gritaba desesperadamente y ellos me arrastraban. Eran dos hombres fornidos. Iban gritando cosas, que hago afuera, ¿cómo salí?

¡Pero bueno! ¿Y desde cuando debo pedir permiso para salir? ¿Quienes son ustedes? ¿Por qué Maritza no me ayuda? ¿Qué significa todo esto?

-Cállate- dijo el hombre más pequeño- ya verás lo que te has ganado. Ayyy Maritza se lo dijo al cura. Y yo creyendo en esa boca floja.

Iba asustada. No puede ser que el padre se haya dado cuenta y me mandara a buscar. Yo hablaré con él. No le diré nada a nadie, si eso es lo que el quiere. Me voy a olvidar de lo que vi. ¡Ay Diosito por favor líbrame de esta!

Me llevaron a un lugar de paredes altas. La habitación estaba fría y oscura. Sentía cosas que me caminaban en los pies. Creo que eran gusanos. Esto sí que era un castigo. Subía un mal olor que hacía arder mi nariz. Desesperada rascaba mi piel buscándole alivio a esta sensación de desahucio.

Creía que estábamos solos hasta que escuché gritos lejanos. Podía ser mi imaginación. Cuando me miré estaba desnuda. Ayyyy y ¿dónde está mi ropa, mi hábito? Trataba de cubrirme con las manos, pero era inútil. Me tocaba en el cuello hasta encontrar mi crucifijo. Rezaba.

Empecé a caminar en círculos por toda la habitación, hasta marearme y caer al piso.

De repente cayó algo en el suelo y quise ver qué era. Me arrastré hasta llegar al bulto que había caído. Parecía algo de ropa. –verdad que estaba desnuda-.

Lo levanté, era una bata larga, con mangas gruesas. Estaba arrugada y despedía un olor a usado. Rápidamente me vestí con ella. Y me sentí aliviada por unos segundos.

Escuché pasos en el camino. Debe ser el padre- pensé.-

Me cubrí el rostro unos segundos de los nervios. No quería que me enfrentara. Sé que piensa que yo lo estaba vigilando a esas horas. ¡Qué iba yo a saber!

Primero vi una sombra conocida. Un hombre se detuvo en la puerta. No distinguía en la oscuridad. Le miré a los ojos. Estaba tranquilo y eso me calmó un poco. Se quedó mirándome fijamente y me hablaba. No escuchaba claro lo que decía.

-Lloraba y caminaba de un lado a otro. Hablaba y en momentos se detenía a mirarme dulcemente.

Finalmente entendí… el decía que pensaba que me había curado.

Seguirás mucho tiempo aquí. Hasta podría ser definitivo. ¿Qué te pasó? No olvidarás ese incidente del pasado. Tu misma te rehaces los mismos moretones de aquella noche”.

-Secaba sus lágrimas mientras se retiraba.

Me acerqué rápidamente a la puerta de hierro antes de que se cerrara y le grité.

–        Yo no estoy loca. Devuélvame mi hábito. No quiero esta bata horrible. ¡Quiero mi hábito!

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1 comentario en “Devuélvame mi hábito”

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